Angustiada y con el pecho a punto de explotar te encuentro en mi pensamiento más perverso.
La luna se esconde mientras la busco desde mi cama. Huye de mi ventana para evitar mis súplicas.
Aquellos molestos e incesantes ruegos de que te encamine hacía mi cama.
La noche es cálida, me desnudo, y luego me cubro con la manta. Intento sentirla sobre mi abdomen y piernas, como si fuera tu caricia eterna.
Cierro los ojos, e imagino los tuyos penetrando en mi mirada. Siento tu peso sobre mí, me estremezco tratando de encontrar el sabor de tus besos, y la rigidez de tu sexo.
Una de tus manos se entrelaza con una de las mías, mientras la otra recorre suavemente mi cuerpo.
Me sueltas la mano, bajas acariciando mis piernas, me lames un pie y luego subes, pero parece que algo te detuvo a la mitad del camino; separas mis piernas un poco más y te asomas, pruebas su sabor, y te gusta, lo estás disfrutando (pero no tanto como yo).
Lloro, y no por los ojos. ¡Que llanto de felicidad!
Estoy a punto de gritar.
El zumbido de un mosquito cerca de mi oído, me advierte que tomará mi sangre. Pero yo se claramente que es mi imaginación, que eres tu realmente, quien me pide la sangre como muestra de nuestro amor.

